A
Abelardo Castillo le tocó en suerte una de las experiencias más
asombrosas de la literatura. Llevó consigo durante treinta años el
borrador de una novela. El libro crecía con él y no acababa nunca y
llevaba un título que llegó a ser legendario antes de publicarse:
Crónica de un Iniciado. Hace ahora justo veinte años, el libro
se publicó. Lo que no impidió que Castillo lo siguiera modificando
con cada reedición. En estos días en que se han reeditado en un
solo volumen los Cuentos completos de Castillo, descubrimos
además que muchos de esos cuentos están ligados temáticamente a
sus novelas: las completan. En realidad, apenas hemos empezado a
entender la generosa fuente de ideas que representa la “experiencia
Crónica de un Iniciado”,
los caminos que abre para la literatura de pasado mañana.
La
historia misma de su escritura es un hecho literario.
Castillo la empezó en los sesenta como un cuento; al final de la
década había terminado un borrador que no lo contentaba. Con el
tiempo, estar escribiendo Crónica de un Iniciado
se convirtió en una forma de vida. Para cuando la terminó, la
novela había cambiado junto con su autor. Pero si el autor cambiaba
de acuerdo con los azares de la vida, ¿quién era responsable por
los cambios en el libro? ¿Tenía éste realmente un autor? Lo
productivo de esta pregunta se entiende mejor si recordamos el
argumento del libro. Esteban Espósito, joven y soberbio, llega a
Córdoba. Ahí conoce al poeta Santiago, que se le parece como un
doble avejentado. Conoce a Bastián, que lo odia. Conoce al doctor
Cantilo, un tilingo que entiende sin embargo algunas cosas cruciales
de la vida, y se acuesta con su mujer. Conoce, sobre todo, a
Graciela. Se enamora y tiene que vivir ese amor en sólo tres dias,
porque después debe regresar a Buenos Aires. Lo que en realidad ha
venido a hacer Espósito a Córdoba es dejar de ser un joven. Y en
ese trance le sale al cruce el Diablo. Entre otras cosas. Crónica
de un Iniciado es la más
reciente versión del pacto fáustico y la primera que se adapta a la
doxa, la irreligiosidad, los conocimientos científicos de nuestra
época. Ahora bien, a lo largo de las muchas páginas de la novela,
quien escribe va cambiando y cambia también su visión de la
historia que cuenta. Graciela no se ve igual al principio y al final
del libro; la naturaleza del Mal cambia a medida que el autor,
precisamente por escribir este libro,
cambia. Crónica de un Iniciado
es (entre otras cosas) una novela cuántica: como en el principio de
incertidumbre, el acto de observar altera el objeto observado.

Con
eso alcanzaría para que leer Crónica de un Iniciado
sea algo urgente. Arriesgo una razón o dos más. Es una novela a la
que el destino, por así decirlo, sacó de su territorio natural.
Publicada en la época en la que fue concebida, en los sesenta, junto
a Sobre héroes y tumbas, Rayuela
o Cien años de soledad,
la de Castillo habría sido leída como otro de esos monstruos que
entonces se llamaban novela total. Publicada en los noventa, fue
admirada quizá por lo que no era: un monumento a un tiempo más
noble, un reproche contra la frivolidad ambiente. Ahora corre un
fantasma por la literatura argentina, el fantasma de la realidad. La
teatral Buenos Aires, en la ficción, viene siendo desplazada por el
prosaico conurbano o la provincia. Al artificio de las grandes tramas
a lo Cortázar o Piglia suceden las narraciones sin dirección, la
crónica de pequeños sucesos, los esbozos autobiográficos. Esto
es lo que hay, vendría a ser la
consigna. Y bien, ahora venimos a descubrir que de eso, de la
necesidad de blanquear lo que se es realmente, trata también
Crónica. Sólo que
con una voluntad de ir hasta el fondo que casi intimida. Castillo no
hace las cosas a medias. La conversación que sigue debería dar una
idea de esta historia extraña y de esta aun más extraña
actualidad.
¿Es
verdad que Crónica de un
Iniciado
empezó como un cuento?
Sí.
En la época en que yo no había publicado todavía mis cuentos hice
un viaje a Córdoba. Tengo anotada en mi diario la fecha de octubre,
en un hotel; ahí escribí la primera página de Crónica,
que siempre fue la misma. Era un cuento que se llamaba “Graciela”. Un muchacho de veintisiete años, casi un hombre, se
enamora de una mujer. Todo tenía que ocurrir de manera muy
acelerada; él tenía que vivir la historia del enamoramiento y la
conquista, todo en un día. Pero yo no sabía por
qué.
¿En
qué momento Esteban Espósito se convirtió en el personaje que
conocemos?
Bueno,
Espósito se parece a mí. Pero hay una distancia muy grande respecto
de las cosas que yo pìenso o hago. Cuando la novela tomó forma, el
personaje inicial se dividió en tres: Santiago, Bastián y Esteban. Esos tres,
mezclados y con una dosis de buena voluntad, se parecen bastante a Castillo.
¿Y
el Diablo?
A
medida que avanzaba sentí que eso no era un cuento. Que tenían que
pasar más cosas. Entonces empezó a aparecer al tema de lo
demoníaco. En realidad, todo lo que me ocurría iba a parar a esa
novela. Recuerdo que iba caminando un dia por avenida Nueve de Julio
y había una galería donde unos monos y patos muy raros y en algún
sentido perversos bailaban al compás de la musica si vos ponias una
moneda. Se me ocurrió la idea de alguien que va poniendo monedas en
esas máquinas, hace una especie de gran concierto final, que es su
propio requiem, y después se mata. Era un cuento casi escrito, pero
entonces sentí que no, que era la muerte de Santiago. La novela
empezó a ser un agujero negro que se tragaba todas mis ideas.

En
la novela, el Diablo le plantea a Esteban con claridad el trueque que
le ofrece: darse al mal y con eso hacer un libro...
Siempre
pensé escribir algo sobre el pacto con el Diablo. Había leído
todos los Faustos
que se conocen: el de Spies, la versión de Saint Yves, el Fausto
de Marlowe, el de Goethe, el de Thomas Mann. En el Fausto
clásico, Fausto pacta con Mefistófeles por el conocimiento; en el
de Goethe, por la juventud; y en el de Mann, el premio —o el
castigo— es la obra de Adrian Leverkühn. Pero en un sentido de excelsitud
que el diablo le promete. Mi pacto no es por la sabiduría, que
siempre entendí como un problema menor de lo fáustico: es sólo
retomar el viejo problema bíblico del árbol de la sabiduría.
“Coméreis de este árbol, seréis como dioses.” Pero a partir de
ese momento el alma está perdida. Eso ya está muy bien tratado en
la Biblia. Pactar por la juventud no podía interesarme, porque yo
era joven. Recuerdo que Sabato me decía: “Usted no va a poder
escribir este libro.” En realidad, en algo acertó Sabato: tardé mucho
tiempo en terminarlo .Pero el pacto no es por la conquista de una
mujer ni es la juventud. Se pacta por una obra, pero no por la
grandeza
de esa obra. El diablo le dice a Esteban, con toda claridad, que no
le gritó Non
serviam!
a Dios para conchabarse de amanuense suyo; le garantiza que va a
escribir el libro, pero que sea bueno o malo ya es cosa de él. Y
además, le dice algo que yo sentí —pero lo sentí antes de la
novela, como parte de estas ideas que me daban vueltas—: que es un
pacto para nada. No hay castigo ni hay premio. Es como si ya
estuviera sellado antes de la voluntad de ellos.
Sin
embargo, se le pide algo a Esteban: que reconozca la existencia del
Diablo.
Exacto.
El pacto, en realidad, es nada más que la toma de conciencia. Se le
pide a Estaban que tome conciencia de lo que es. De que debe
dedicarse a la literatura, por decirlo así, y cambiar su vida por la
literatura. En el fondo del pacto de Esteban está la famosa premisa
de Nietzsche: llegar
a ser lo que se es.
Nietzsche no dice “llegar a ser algo superior.” No, hay algo que
se es. Pero la condición esencial de esa trayectoria es reconocerlo.
Da la impresión de que esto fuera una paradoja; pero no es tan fácil
llegar a ser lo que uno es. Porque hay que aceptarlo con todas las
contradicciones que ese llegar-a-ser
tiene. Esteban debe aceptar que no va a poder amar, que no tiene casi
sentimientos humanos normales y que todo lo que toca de alguna manera
está en peligro. Es muy ambiguo el pacto, muy descorazonante. Se
dice, palabra por palabra: “Es todo contra nada.”
Todos
los Faustos anteriores incluyen algún tipo de más allá. El suyo es
el primer Fausto de la tradición que es radicalmente ajeno a
cualquier idea de trascendencia.
Lo
dice el propio demonio en el libro: dejemos aparte la cuestión de
Dios. Existe el Mal, de eso estamos seguros. Esteban estaría muy
cómodo si existieran el Diablo y Dios; entonces bastaría con ser
ateo para abolir al Diablo. No, no, no: el problema es mucho más
serio. Exista Dios o no, el Mal existe. Ni siquiera hay castigo;
incluso el Diablo de mi novela le reprocha a Thomas Mann el haber
recaído en la vieja idea de las parrillas y los gritos y el frío
helado. Lo perdona diciendo que era un clásico: no tenía más
remedio que aceptar los cánones. Pero no hay parrillas: hay esto que
tenemos acá y ahora. Y el infierno ya existe. Está dentro de
Esteban; es Esteban. Es lo que los orientales llamarían el karma. Un
karma que termina con la muerte, pero que mientras vivas se lleva,
¿no?, con bastante patetismo y dolor.
Los
años que le esperan a Esteban, dice el Diablo, no son buenos; se
refiere a sus años de alcoholismo. ¿En qué momento usted empieza a
incluir el alcohol como una parte de la historia?
Yo
ya bebía en el sesenta y uno o sesenta y dos sin darme cuenta. La
vinculación con el alcoholismo, no quisiera exagerar mucho, pero
creo que viene demoníaca en serio; porque cuando yo escribí
Israfel,
en 1959, no tomaba una gota de alcohol; por qué, entonces, elijo la
historia de un alcohólico. En el primer cuento mío que sobrevive,
El
candelabro de plata,
ese tipo, aunque lo disimule, es una especie de alcohólico. Pero yo
no tomaba para nada. La entrada del alcohol en mi vida real fue antes
de empezar la novela y la salida del alcohol fue después de
terminarla.
En
1970 usted tenía una versión terminada de este libro. ¿Por qué no
lo publicó?
Porque
me parecía que faltaba algo siempre. Y lo que faltaba era mi edad, y
poder agregar cierto tipo de cosas. Por ejemplo, para mí es esencial
el diálogo entre Esteban y el doctor Cantilo. Espósito descubre,
junto conmigo, que Cantilo sabe perfectamente que él se acuesta con
su mujer. Su modo de contenerla era darle cierta libertad. Y lo único
que quiere saber el pobre Cantilo es si los dibujos de su mujer son
buenos .Lo obliga decir a Esteban que no le gustan, que son
mediocres. Y Cantilo le dice que él ya lo sabía. Pero
que no se lo diga. Porque
Espósito es capaz hasta de decírselo a ella. Vale decir que Cantilo
comprendía todo. Y Esteban siente que este tipo, en esa escena, en
la oscuridad, ha crecido. Y piensa, absurdamente: Debe
ser porque estamos haciendo pis en un árbol que es de él.
Usted
habla de las canalladas que es capaz de hacer Esteban. Pero lo cierto
es que en Crónica
no se muestran mucho. Quizá el lector puede completar el cuadro al
leer acerca de canalladas que aparecen en algunos de sus cuentos,
como “Hernán”...
Sí,
o “Noche para el negro Griffiths”, o “Crear una pequeña flor
es trabajo de siglos”. Esteban los contiene a todos ellos. Yo
realmente viví con este libro; en realidad, el libro se escribió a
sí mismo. De hecho, se dice en las últimas páginas que ya no sabe
quién es el autor. Empieza en primera persona, se va deslizando
hacia una primera persona muy ambigua, y termina en tercera. ¿Quién
escribe entonces? Es como si Crónica
fuera un libro que escribí, literalmente, sobre
mí mismo. Encima de mí mismo, quiero decir: sobre mi cuerpo. La
teoría que yo tengo sobre la correción, que no es mía, o por lo
menos no sólo mía, porque la instala Valéry en la literatura, es
que corregir un texto es una modificación espiritual de uno mismo.
¿Cómo
se vive después de terminar un libro así?
Al
principio, con bastante angustia. Al punto que yo sentí que no iba a
poder escribir nunca más nada. Me había pasado recomendando a la
gente joven que nunca terminara un libro sin tener otra cosa
empezada, pero cuando terminé Crónica
no tenía nada más. Además, yo siempre sentí que esto de la gran
obra era una pavada; que uno escribe lo que puede y que, como decía
Huxley, da tanto trabajo escribir un libro bueno como uno malo. Y sin
embargo, yo sentía que nunca iba a poder escribir de nuevo algo como
eso. Lo pude superar escribiendo un cuento policial, que es “La
cuestón de la dama en el Max Lange”. Y después leí una frase de
Sartre que me terminó de consolar. Le preguntaron si sentía que, a
los setenta años, ya lo había dicho todo. Y Sartre contestó que
sí, pero que cuando un escritor no tiene nada que decir es cuando
puede volver a decirlo todo. Yo pensé: ésta es la verdad. Cuando
empezamos a escribir, en realidad no tenemos nada que decir; escribir
es casi una cosa que se siente en el cuerpo. Llega un momento en el
que estás en la posición exacta en la que escribiste tu primer
cuento o tu primer poema: no tenés nada que decir, pero tenés ganas
de escribir. Si podés recuperar eso, tal vez te pase como a Thomas
Mann, que escribió el Doktor
Faustus a
los setenta años, o como Tolstoi que escribe Resurrección
alrededor de los setenta.
Uno
siente que el aliento, la ambición, el talante de Crónica
tienen un aire de familia con eso que en los sesenta se llamó la
novela total. ¿En algún momento sintió que su novela estaba hecha
para otra época?
No
sé si lo sentí. Lo que sé es que mientras la escribía quería que
no perteneciera a esa época.Tal vez eso perjudicó a la novela: tal
vez decidiéndome a terminarla en los setenta habría tenido una
difusión distinta. Pero yo siempre le tuve terror al Boom,
porque me parecía algo superficial. Hoy pienso que muchas novelas
escritas durante el Boom,
y que fueron fundamentales, si se publicaran hoy no pasaría en
absoluto lo que pasó. Eso me hace acordar algo que anoté en mi
diario (lee): “Segunda
edición de Crónica:
la novela, al menos en términos argentinos, fue un éxito. Críticas,
entrevistas, etcétera. ¿Tendré ánimos ahora para volver a
escribir algo que me comprometa entero, quiero decir algo que sienta
necesario para mí? No me importan el éxito ni el reconocimiento,
pero esto ya lo sabía desde Israfel. Lo único que de veras me
importa es sentir que estoy haciendo algo donde yo mismo me pongo en
cuestión.”
En
realidad, Crónica
es una novela para hoy.
Es
una novela milenarista. Lo que primaba era la idea del fin del mundo.
En octubre del sesenta y dos estuvieron por entrar en guerra Estados
Unidos y Rusia, lo cual era sencillamente el fin del mundo. Se vivía
todo provisoriamente. No lo teniamos en cuenta ni eramos conscientes
de eso; pero escribir, un libro, salir con una mujer, sacar una
revista literaria, era tal vez la última cosa que uno iba a hacer.
Había una alegría malsana. No era “Bailando por un sueño”; era
“Bailando para nada”. Y en la novela yo quería poner esa
sensación: todo va a ir a parar a la nada. A lo mejor no hoy, pero
mañana, y da exactamene lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre la
semana que viene y diez millones de años? Sin embargo, hay algo en
la novela que no se dice; son unas palabras que le dice el Diablo a
Esteban al oído. Y Esteban entonces abre los ojos desmedidamente. Yo
no sé bien qué le contó. Pero lo sospecho. Sospecho que le dijo:
el
arte tiene sentido. No
me atreví a ponerlo, primero porque quería dejar que cada uno le
pusiera su propio sentido, y después porque me parecía casi
demasiado trivial. ¿Qué sentido tiene el arte en un mundo que va a
desaparecer? Bueno, el sentido que le damos y nos damos a nosotros
mismos. Empezamos siempre de nuevo, desde cero. Tal vez eso dice
esta novela.
Nota: Este texto fue publicado el viernes 31 de agosto en la revista Ñ, con el título "Los pactos con el mal". El texto necesitaba correcciones que no permitió la urgencia por cerrar la edición. Ésta es la versión corregida por mí y por Castillo.
Nota: Este texto fue publicado el viernes 31 de agosto en la revista Ñ, con el título "Los pactos con el mal". El texto necesitaba correcciones que no permitió la urgencia por cerrar la edición. Ésta es la versión corregida por mí y por Castillo.
Muy interesante, Gonzalo. Gracias. Y una apostilla: el martes 12 de marzo de 1997 Abelardo Castillo ganó el segundo Premio Nacional de Literatura por este magnífico libro que es Crónica de un iniciado. El primer premio fue para María Esther de Miguel por La amante del restaurador. Puede haber dos libros más disímiles??? Saludos para vos, y para Abelardo. Silvia de Jávea.
ResponderEliminarGracias por esta nota!!!
ResponderEliminarSiempre es maravilloso escuchar/leer las palabras de Abelardo, quien pudiera tener su lucidez y su poética al menos por un instante!
Muy lindo!
ResponderEliminarImpresionante.
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