
Serían pasadas las tres cuando decidí que si nos íbamos a acostar juntos debía ser ahora. No tenía para nada ganas de hacerlo, no tanto por miedo sino sobre todo por esa sensación de montaje, de ensayo para una mala obra de teatro, que tenía aquello, pero quería testear hasta dónde llegaba la mascarada. Porque era una mascarada: antes, cuando las chicas todavía tenían puestos los jeans, había tenido lugar un diálogo digno de Dulce amor. TATIANA (despeinada, sentada en el borde de la cama, el rostro velado, la frente apoyada en la mano, como exhausta bajo el peso de un secreto penoso, en tetas): "No me presiones, Didi. No quiero forzarme, si el corazón me dice que no lo haga." DIDI (despeinada, un poco impaciente por tanta dilación, sorprendida por la reticencia de Tatiana después de tanto entusiasmo, aferrada todavía a sus ganas de tener una noche fuera de lo común, en tetas): "¿Por qué ahora estás tan lejos de mí, Jennifer?" Me acuerdo también que vi colgadas, sobre la puerta del baño, unas esposas. Las esposas tenían las argollas forradas en peluche rosa.
Yo no tenía idea de por qué, si Tatiana me había dicho que se llamaba Tatiana, la otra la llamaba Jennifer. Tampoco entendía por qué Tatiana, o Jennifer, había insistido en traerme hasta acá con la promesa de hacer un trío con su amiga y ahora parecía a punto de desmayarse. Del tonito envarado, de las frases Como no entendía, si vamos a eso, quién era su amiga. Una cosa sí entendía, y era que la amiga estaba ahí de buena fe. Con ganas, a estas alturas quizá ya con necesidad, de pegarse un revolcón. Tatiana no. Tatiana había tramado toda esa puesta en escena con alguna finalidad, pero algo había salido mal por el camino y ahora todo se iba al carajo. Al final la echó a la amiga, que se fue a dormir a otra pieza, y nos metimos en la cama. "No, está bien, dejá", rechacé el preservativo que Tatiana trataba de ponerme. Lo hacía, ella, como quien trata de limitar los daños, obviamente sin ganas, pero poniendio el hombro, como si pensara que, ante el fiasco total de la noche, era mejor eso que arriesgarse a que yo me pusiera a gritar. Pero yo para entonces sólo quería entender qué pasaba, y si no podía entender, entonces dormir.
¿Qué fue lo que pasó esa noche?

Mucho después lo supe. Cuando con Tatiana ya éramos amigos, sin necesidad de que me lo explicara, me di cuenta de que había querido vengarse de su novio. Ésta era la situación: Tatiana, que por supuesto no se llamaba Tatiana, era una chica de los andurriales cerca de Toulouse. En Argentina habría sido una villera. Cargaba con algunos problemas tirando a gruesos: padre abusador, a los catorce años escándalo, juicio, la sacan de la escuela, la dan en adopción. Desde los diecisiete o por ahí se prostituye. Se casa, tiene un hijo, se separa. Toma mucha cocaína y también dilea. A los veintitrés, le pasa algo tipo Cenicienta: conoce a Patrice Brogniart, el campeón de rugby, tipo admirado y querido, muy pintón, con mucha plata, se enamoran y empiezan a vivir juntos. Pero el tipo es infiel, tienen peleas tremendas, ella empieza a notar que se está enfriando y antes que él le saque tarjeta roja decide, aunque sea para salir con la frente alta, hacerle una fenomenal a él. Aunque parezca increíble, esto es lo que hizo: contactó a una de las minitas que Patrice se cogía (Didi), la sedujo, se levantó al primer sudaca de aspecto prolijito que encontró en un bar (acá yo levanto la mano) y armó las cosas para que Patrice, al llegar, la encontrara en la cama con ellos.
A continuar.
¿Qué fue lo que pasó esa noche?

Mucho después lo supe. Cuando con Tatiana ya éramos amigos, sin necesidad de que me lo explicara, me di cuenta de que había querido vengarse de su novio. Ésta era la situación: Tatiana, que por supuesto no se llamaba Tatiana, era una chica de los andurriales cerca de Toulouse. En Argentina habría sido una villera. Cargaba con algunos problemas tirando a gruesos: padre abusador, a los catorce años escándalo, juicio, la sacan de la escuela, la dan en adopción. Desde los diecisiete o por ahí se prostituye. Se casa, tiene un hijo, se separa. Toma mucha cocaína y también dilea. A los veintitrés, le pasa algo tipo Cenicienta: conoce a Patrice Brogniart, el campeón de rugby, tipo admirado y querido, muy pintón, con mucha plata, se enamoran y empiezan a vivir juntos. Pero el tipo es infiel, tienen peleas tremendas, ella empieza a notar que se está enfriando y antes que él le saque tarjeta roja decide, aunque sea para salir con la frente alta, hacerle una fenomenal a él. Aunque parezca increíble, esto es lo que hizo: contactó a una de las minitas que Patrice se cogía (Didi), la sedujo, se levantó al primer sudaca de aspecto prolijito que encontró en un bar (acá yo levanto la mano) y armó las cosas para que Patrice, al llegar, la encontrara en la cama con ellos.
A continuar.
Cada vez más interesante!! gracias!
ResponderEliminarAntes la gente esperaba ansiosa en el puerto la llegada de los barcos con los nuevos capítulos del folletín de turno.
ResponderEliminarNosotros, lectores del siglo XXI, le damos a cada rato refresh a nuestra computadora esperando tu nueva entrada en el blog.
Genial.
O là là! Qué interesante habría sido para el lector, y qué dramático para el sudaca, si hubiera llegado el tal Patrice...
ResponderEliminarPasé del clima de "After hours" a "Perversa luna de hiel" ¿Los habrá visto el rugbier?
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